La trampa del texto: donde empieza realmente el trabajo del actor

Por Georgina Palencia

Hay una ansiedad silenciosa que atraviesa la formación actoral: la necesidad de tener el texto para poder empezar. Como si la palabra fuera el punto de partida obligatorio, como si sin ella no hubiera nada que hacer.

Yo misma fui parte de ese pensamiento, como lo son muchísimos actores. Y sería ingenuo decir que es un problema superado: hoy, desde mi rol de directora, sigo detectándolo, y batallándolo, en los procesos de trabajo.

Lo problemático no es querer el texto. Es creer que sin él no hay proceso.

Una experiencia fundacional: cuando no hacer nada lo dice todo

Lo entendí con una claridad brutal un sábado frente a Antunes Filho.

Había llegado a Brasil después de un proceso exigente: más de 600 aspirantes, una selección inicial de 60, un trabajo con Edipo y Yocasta para quedar entre los 20 que estudiaríamos en el CPTzinho y el CPTzão. Llegué con una convicción sólida: era una buena actriz. Venía de años de trabajo con la Sociedad Dramática de Maracaibo. Tenía herramientas, experiencia, reconocimiento.

Ese día, uno a uno pasábamos al frente. Antunes estaba allí, acompañado por su equipo de profesores. Yo esperaba una indicación. Algo que hacer. Una consigna.

Esperé. Y seguí esperando.

Lo que empezó como entusiasmo se transformó en una ansiedad contenida, luego en tensión, en incomodidad. Mi cuerpo ya sabía que algo no estaba bien. Sudaba. Tal vez enrojecía. Pero seguía allí, esperando.

Hasta que escuché su voz, en portugués, seca: sai.

Salí.

Caminé, pero la sensación era otra: me arrastraba. Afuera, mis compañeros preguntaron: ¿cómo te fue?. Respondí: mal, muy mal.
-¿Por qué?
-No sé qué pasó, yo no hice nada.

Esa frase, que en ese momento intentaba liberarme de culpa, en realidad la confirmaba.

Ese era el problema. No hacer nada.

El actor no espera: propone

Lo que Antunes estaba poniendo en evidencia no era mi falta de talento, sino una estructura de pensamiento: la del actor que espera ser activado.

Ese modelo contradice una idea fundamental del teatro contemporáneo: el actor no es un ejecutante, es un creador.

A ese punto ya había leído teorías y técnicas en el mismo Taller Permanente de la Dramática, pero en el escenario, incluso allí, el proceso era otra cosa. 

Konstantin Stanislavski bastante que insistió al plantear que la acción precede al texto: no se trata de decir para hacer, sino de hacer para decir. Esa línea es llevada más lejos por Jerzy Grotowski, quien desplaza el foco hacia el actor como centro del acontecimiento, donde la palabra es solo una de las capas posibles. Peter Brook reduce el teatro a su mínima condición: alguien que actúa en un espacio. No alguien que recita, sino alguien que acciona. Pero ahora veo que me pasó lo mismo que con el inglés, siempre saqué la mayor calificación en los exámenes y cuando llegué aquí a Estados Unidos ni en el restaurante podía pedir.

Anne Bogart, desde los Viewpoints, práctica que hice después con Ernesto Martínez Correa, propone que el actor puede construir material escénico desde el tiempo, el espacio, la forma y la relación, sin depender de un texto previo. Ahora siempre parto de ese principio.

En todas estas ideas aparece una conclusión incómoda pero necesaria: el texto no inicia el proceso actoral. El actor sí.

El texto no crea el conflicto

Existe una confusión frecuente: creer que el conflicto está en la palabra. Pero el conflicto no está en lo que se dice. Está en lo que se hace, en lo que se desea, en lo que se impide. E incluso en lo que no se dice.

El texto es una huella, no un motor.

Un actor puede tener el texto perfectamente memorizado y no tener ninguna acción. Y también puede no tener texto y estar completamente activo.

Cuando el actor depende del texto para comenzar, en realidad está desplazando su responsabilidad creativa.

La obsesión por el texto: una forma de control

La necesidad de tener el texto muchas veces no es técnica, es emocional. El texto da seguridad. Delimita. Ordena. Reduce la incertidumbre. Pero el arte no ocurre en la zona de control.

Esperar el texto es, en muchos casos, una forma sofisticada de evitar el riesgo de crear.

Y aquí conviene ser directa: un actor que no puede hacer nada sin texto no está listo para construir un personaje. Está esperando instrucciones.

¿Desde dónde se empieza entonces?

Se empieza desde el cuerpo, desde la acción, desde la relación con el espacio, desde la escucha, desde la energía.

Antes de la palabra, hay comportamiento. Antes del texto, hay impulso. Antes de la interpretación, hay presencia.

Un actor puede construir:

  • Ritmos físicos 
  • Direcciones en el espacio 
  • Relaciones de poder 
  • Estados energéticos 
  • Tensiones internas 

Sin una sola palabra. Y cuando el texto llega, se inserta en una estructura viva, no la reemplaza.

Cuando el texto deja de ser refugio

Hoy, mi experiencia en escena es distinta.

En Cartografía del amor roto, por ejemplo, tengo un diálogo de aproximadamente trece minutos con el hijo que ha mantenido a mi personaje atada a una cama durante nueve años.

Nunca memoricé ese texto como punto de partida.

Primero me até a la cama. Y desde allí hablaba sola con ese hijo que no estaba en la habitación. No había líneas fijas: había una necesidad.

Luego comencé a construir razones para que ese conflicto existiera. En ese proceso aparecieron los rasgos del personaje. Más adelante, en diálogo con el actor, surgieron también los de él.

Cuando el texto llegó, porque finalmente llega, ya había una estructura viva. Las líneas estaban, sí, pero iban y venían. No sostenían la escena: la acompañaban.

Naturalmente, no todos los procesos pueden desarrollarse de esta manera, especialmente cuando intervienen múltiples actores y estructuras más cerradas. Pero este ejemplo no busca establecer una norma, sino abrir una posibilidad.

Que el texto no sea una excusa para no hacer. Ni una balsa para sobrevivir.

Una última precisión necesaria

Decir que el actor no necesita texto no significa que el texto no sea importante.

Significa que no es el punto de partida. cEl actor que espera el texto para comenzar está trabajando en reversa.

El actor que ya está en acción cuando el texto aparece, tiene algo que sostener.

Volver a ese momento

Hoy puedo leer ese día frente a Antunes Filho con otra claridad.

No me faltó talento ni me faltó técnica. Era un problema de posición frente al acto creativo. Entonces, me sobró espera.

Ese día entendí algo que no se olvida: El actor no es un instrumento del director ni del dramaturgo. Es un creador.

Y un creador no espera a que le den permiso para empezar.