Conocí el teatro de Antunes Filho a los 15 años, durante el Festival Internacional de Teatro en Caracas, cuando vi en el Teresa Carreño Paraíso Zona Norte.
Desde ese día comenzó mi obsesión por vivir una experiencia con su trabajo. Seis años después llegué a Brasil —con la excusa de estudiar en la ECA (Escola de Comunicações e Artes) de la UNICAMP—, pero con mi verdadero pasaporte: una tarjeta de presentación que el gran escenógrafo José Carlo Serroni me había dado en Venezuela. Esa credencial se transformó en llave de entrada al Centro de Pesquisa Teatral (CPT) bajo la dirección de Antunes.
En el CPT recibíamos clases de diferentes áreas teóricas y prácticas cada día, desde voz y cuerpo hasta dramaturgia, historia y estética teatral. Pero el sábado era distinto: ese día trabajábamos directamente con Antunes, y era como clausurar un semestre entero de aprendizaje. La intensidad, la exigencia y la capacidad de síntesis de esos encuentros dejaban huella en nosotros: nos transformaban por completo.
Un laboratorio teatral sin igual
Renuncié a la UNICAMP porque el CPT no era una simple escuela: era un centro de investigación teatral. Inmersa en un entorno vibrante, rodeada de artistas y profesores, entendí que allí se construía creación viva, en un flujo constante de pensamiento y acción.
Participar en los ensayos de proyectos del Grupo Macunaíma —la compañía de Antunes— me permitió presenciar cómo las obras se levantaban desde una lógica simbólica y orgánica, sin imitar la vida, pero sí transformándola profundamente.
Principios transformadores de su método
# 1. Física cuántica como metáfora escénica
Antunes veía al actor como energía en movimiento, una presencia sensible que transforma el espacio-tiempo escénico. El teatro era un tejido vibratorio donde el cuerpo resonaba con el universo interior del actor.
# 2. Naturalismo riguroso como base formativa
No rechazaba el naturalismo; lo exigía. Planteaba ejercicios de respiración, lógica interna y tensión justa en cada gesto cotidiano. Ese piso realista era la base desde donde brotaba lo extraordinario.
# 3. Expresionismo desde la raíz naturalista
Desde esa base cotidiana sólida, construía escenas cargadas de expresionismo simbólico, capaces de tensionar el espacio escénico y poético.
# 4. Arquetipos universales
Buscaba que el teatro, desde los arquetipos humanos y la profundidad del sentir, conectara con cualquier cultura—y lo logró llevando sus obras por el mundo.
# 5. Lenguaje no-lengua con cadencia rusa
Uno de sus hallazgos más fascinantes fue el uso de una lengua inventada, con cadencia de ruso, que no transmitía significados lingüísticos directos, sino una fuerza fonética y emocional profunda. En obras como Nova Velha Estória (Chapeuzinho Vermelho), los actores pronunciaban secuencias fonéticas cargadas de sentido para ellos, y por lo tanto también para el espectador.
# 6. Amistades creativas: Barba y Ohno
Antunes fue amigo de Eugenio Barba, con quien compartió la idea del cuerpo extra-cotidiano y la pre-expresividad. También fue cercano a Kazuo Ohno, maestro del butoh, quien viajó tres veces a Brasil invitado por él. El butoh aportó a su método la conciencia extrema del cuerpo, de lo invisible y de lo poético.
Crueldad creadora y disciplina ética
Su método era implacable —muchos lo calificaban de “tirano”— pero él lo defendía como necesaria disciplina y fe. Para Antunes, lo esencial era que el teatro formara pensamiento y sensibilidad. “Si logro que ustedes se conviertan en buenos ciudadanos, ya estaré satisfecho”, repetía, inspirándose en la psicología junguiana y los arquetipos colectivos.
Cada corrección suya, por dura que fuera, nos enseñaba a escuchar, procesar y transformarnos. Esa dinámica me enseñó a concebir el teatro como un laboratorio de vida, donde lo emocional y lo técnico convergen.
Un legado que trasciende el escenario
Hoy sé que cada sábado con Antunes fue un laboratorio de creación, filosofía y conciencia escénica. Aprendí que el teatro no se reduce a representar una historia, sino a activar energías, cuerpos y voces; a entregar alma, tradición y futuro al mismo tiempo.
Su teatro era pensamiento hecho carne. Ese legado sigue siendo mi brújula creativa, mi energía pulsante y mi memoria viva.

