El gesto en el teatro: acción, sentido y presencia

En teatro, hablar de gesto es hablar de uno de los lenguajes más antiguos y universales de la humanidad.

Antes que la palabra, existió el gesto: una mano que se abre para saludar, un dedo que señala, una cabeza que se inclina para aceptar o rechazar. En escena, el gesto no es un adorno: es acción cargada de sentido.

¿Qué es un gesto?

Un gesto no es un movimiento cualquiera. Jacques Lecoq lo explicaba con claridad: “Todo movimiento puede convertirse en gesto cuando está cargado de sentido”. Es decir, el gesto surge cuando el cuerpo traduce una intención interna y la proyecta hacia el otro.

– Un movimiento vacío es mecánico.
– Un gesto vivo nace de un impulso interior y comunica más allá de lo visible.

Para Eugenio Barba, en su Diccionario de Antropología Teatral, el gesto forma parte de la pre-expresividad del actor: ese estado donde el cuerpo deja de ser cotidiano y se vuelve disponible para significar.

Dramático vs. cómico

El gesto puede tomar formas distintas según el registro escénico:

– El gesto dramático busca la esencia, la condensación de un conflicto. Es inevitable y necesario. Un hijo que se arrodilla ante la tumba de su madre; una mujer que detiene su respiración para no llorar: en esos gestos, la tensión dramática se concentra y estalla.

El gesto cómico, en cambio, trabaja con la desproporción y la sorpresa. Meyerhold lo vinculaba con la biomecánica: un movimiento que rompe la lógica cotidiana, que deforma lo esperado y provoca risa. Un saludo demasiado prolongado, un paso torpe en un momento solemne, una mirada exageradamente sostenida: lo cómico se abre en la exageración controlada.

La trampa de la mueca

El aspirante a actor suele acudir a la mueca como primera salida. Exagerar el rostro, torcer la boca, levantar las cejas parece un recurso fácil para “expresar”. Pero la mueca es pobre: se agota en sí misma y no comunica más allá de lo evidente.

El gesto real exige descondicionar esa respuesta inmediata. El rostro no puede ser un atajo; el cuerpo entero debe ser instrumento. La mueca entretiene un segundo; el gesto con sentido abre una dimensión emocional duradera.

Cómo estimular el gesto vivo

1. Partir de la acción: antes de mover, define la necesidad del personaje. ¿Quiere acercar, rechazar, ocultar? El gesto nacerá de esa urgencia.
2. Conectar con la emoción: el gesto que surge de una emoción verdadera es claro y potente.
3. Simplificar: elimina lo accesorio. Un gesto esencial dice más que diez movimientos superficiales.
4. Explorar el contraste: trabaja tanto la contención dramática como la expansión cómica.
5. Observar lo cotidiano: en la vida diaria abundan gestos que condensan emociones profundas. El actor debe aprender a reconocerlos y transformarlos en materia escénica.

Ejercicios prácticos

El objeto imposible: el actor recibe un objeto (un vaso, una silla, un libro). La consigna es simple: no puede usarlo como en la vida real. Debe inventar un gesto que resuelva el problema. Esto activa la creatividad gestual.
– Del rostro al cuerpo: realizar un gesto solo con la cara (ejemplo: sorpresa), y luego repetirlo involucrando hombros, brazos, torso, pies. La intención debe expandirse a todo el cuerpo.
– Dramático vs. cómico: elegir una misma acción (saludar, caminar, mirar) y ejecutarla primero desde la condensación dramática (esencial, contenida) y luego desde la deformación cómica (exagerada, prolongada).
– Silencio gestual: trabajar escenas sin palabras, solo con gestos que comuniquen relación, tensión o emoción.

Conclusión

El gesto en el teatro no es un movimiento decorativo ni una mueca superficial. Es acción con sentido, energía interior que se exterioriza. Para el actor, dominar el gesto significa ampliar su capacidad de comunicar sin palabras, de llegar al espectador por la vía más directa: el cuerpo vivo en acción.

En Teatro Loft lo afirmamos con convicción: un gesto esencial puede narrar lo que mil palabras apenas insinúan.

Por Georgina Palencia, Directora de Teatro Loft.