Uno de los aprendizajes más complejos —y a la vez más sencillos— en el camino de un actor es escuchar. Parece obvio: escuchamos todo el tiempo. Pero en la práctica, la escucha activa no siempre ocurre.
El actor escucha con los oídos, pero muchas veces no con la mente, ni con el cuerpo, ni con la disposición interior.
En Teatro Loft hemos aprendido que un actor que sabe escuchar es un actor que crece. Y esa escucha no se limita a la escena con sus compañeros: incluye al director, al público, al espacio y a todo lo que sucede alrededor.
Escuchar no es justificar
Con frecuencia, en los ensayos los actores responden a una orientación con una explicación: “Lo hice porque pensé que…”, “es que el personaje siente que…”. Pero justificar no es escuchar.
El director siempre sabe que el actor tomó una decisión con alguna razón. El punto no es si hay motivo, sino si ese motivo contribuye al montaje. Cuando la indicación llega, no es momento de defender la elección: es momento de recibirla.
Peter Brook lo resume con precisión: “El director no impone, compone”.
La autoridad del director (y su verdadero sentido)
Hablar de la autoridad del director no significa defender el autoritarismo. Significa reconocer que, en el teatro, alguien debe sostener la visión global de la puesta en escena. Esa función corresponde al director, como lo recordaba Eugenio Barba: “El director es quien garantiza la coherencia entre los diferentes lenguajes escénicos”.
El actor no pierde libertad al escuchar al director. Al contrario: gana en precisión y profundidad, porque puede concentrarse en su verdadero rol —dar vida al personaje— mientras confía en que el director cuidará el tejido de la totalidad.
Escucha en escena y en ensayo
Sanford Meisner afirmaba que “actuar es vivir de verdad bajo circunstancias imaginarias”. Para él, la escucha era el corazón del trabajo actoral: escuchar al compañero, reaccionar al impulso real, responder al momento presente.
Paradójicamente, muchos actores entrenan esa escucha hacia sus compañeros, pero no la aplican cuando reciben orientaciones del director. Esa brecha puede obstaculizar el crecimiento creativo. La clave está en usar el mismo recurso de escucha profunda tanto en la escena como en el ensayo.
Escuchar es observar
La escucha del actor no es solo auditiva: es también visual, corporal y emocional. Escuchar es observar: percibir la tensión del compañero, la luz que cambia en escena, el silencio expectante del público, incluso el aire que circula en la sala.
Un actor verdaderamente presente no solo oye, sino que observa con todo el cuerpo. Como recuerda Grotowski en Hacia un teatro pobre, el actor debe ser “un organismo permeable”. Esa permeabilidad implica una escucha expandida, donde cada estímulo puede convertirse en acción escénica.
Ejemplo vivo: Esteban en El corazón del incauto
En nuestro montaje El corazón del incauto, Esteban, que interpreta a Honorio, ha dado una lección silenciosa de escucha. No es un actor profesional de formación académica, pero sí tiene muchos años sobre la escena de Houston y es, sin duda, gente de teatro. En los ensayos ha mostrado una actitud constante de escuchar más que hablar.
Al recibir orientaciones, rara vez se apresura a justificar. En cambio, guarda silencio, observa, asimila, prueba. Y esa disposición lo ha llevado a crecer de manera evidente: su Honorio se volvió más matizado, más humano, más verdadero. Esteban demuestra que escuchar más es, en realidad, expresarse mejor.

Paralelismo con el habla pública
Lo que ocurre en el teatro también se refleja en la comunicación cotidiana. En mis talleres de habla pública siempre repito lo mismo: el mejor hablante es el mejor oyente. Quien sabe escuchar comprende mejor el contexto, interpreta con más claridad las expectativas del público, y logra comunicar con más eficacia.
El actor funciona igual. El que escucha con apertura —al director, a sus compañeros, al espacio— se convierte en un intérprete más expresivo, más flexible y más convincente.
Ejercicios para entrenar la escucha al director
1. Repetición transformada: después de recibir una indicación, el actor la repite en sus propias palabras y la aplica sin justificar.
2. Silencio consciente: guardar cinco segundos de silencio tras la instrucción, para permitir que cale antes de reaccionar.
3. Bitácora de escucha: anotar tres orientaciones por ensayo y escribir cómo se aplicaron.
4. Escucha expandida: en una escena sin texto, trabajar solo percibiendo los sonidos, los gestos y los silencios de la sala, reaccionando con el cuerpo.
5. Cambiar rápido: ejecutar una acción y repetirla inmediatamente con la variante indicada por el director, sin explicar, solo actuando.
Conclusión
La escucha activa no es pasividad: es disponibilidad creativa. Un actor que escucha se vuelve más dúctil, más sensible y más capaz de crecer en un proceso colectivo.
Escuchar al director, al compañero, al espacio y al público no reduce la libertad: la multiplica. Es lo que permite que la escena viva.
En Teatro Loft lo afirmamos con convicción: escuchar más es crear mejor. Y como en el arte de hablar en público, también en el teatro se cumple esta verdad: quien escucha mejor, interpreta mejor.
Por Georgina Palencia, Directora de Teatro Loft.

