¿Debe el actor preocuparse por contar la historia?

Una inquietud frecuente en los ensayos es la siguiente: “¿El público comprenderá la historia?”

Muchos actores cargan con ese peso, como si su misión principal fuese garantizar que la trama llegue clara al espectador.

Pero en Teatro Loft defendemos una distinción fundamental: la tarea del actor no es contar la historia, sino encarnar al personaje. La responsabilidad de que la historia —si la hay— se exprese de manera comprensible corresponde al director y al conjunto de la puesta en escena.

La diferencia entre actuar y narrar

En el teatro dramático tradicional, heredero de Aristóteles, la “historia” o mythos es el centro: una sucesión de acciones con inicio, nudo y desenlace. De allí viene la preocupación de muchos actores: ¿qué pasa si no se entiende la trama?

Sin embargo, desde Stanislavski hasta el teatro contemporáneo, distintos maestros han insistido en que el actor debe centrarse en la verdad de la acción. Stanislavski señalaba: “No pienses en el resultado; concéntrate en la tarea del momento”. Dicho de otro modo: lo que importa no es narrar la totalidad, sino vivir el instante del personaje.

El rol del director en la narración escénica

El director, en cambio, sí tiene la tarea de construir la narrativa global. Lo hace a través de códigos semióticos múltiples:
– Luz, que guía la mirada y crea atmósferas.
– Música y sonido, que refuerzan emociones o tensiones.
– Vestuario y escenografía, que sitúan al espectador en un tiempo, un espacio o un estado emocional.
– Acciones mínimas y ritmos, que organizan la experiencia del espectador.

Peter Brook lo resume en El espacio vacío: el teatro no es solo texto ni solo actuación, es la composición de un lenguaje escénico complejo donde cada elemento aporta al sentido.

Cuando no hay historia: teatro contemporáneo

En el teatro posdramático, descrito por Hans-Thies Lehmann, muchas obras renuncian deliberadamente a la narrativa lineal. Lo central no es contar una historia, sino generar experiencias sensoriales y emocionales.

En esos casos, la preocupación del actor por “hacer entender” se vuelve aún más injustificada. No se trata de que el público siga un argumento, sino de que viva algo. Ahí el director se encarga de articular fragmentos, imágenes y acciones en una experiencia estética. El actor, por su parte, aporta presencia, cuerpo y energía vital.

El foco del actor: la vida del personaje

¿Qué corresponde entonces al actor? Dar vida al personaje en toda su complejidad. Eso significa:
– Construir un mundo interior (pasado, deseos, contradicciones).
– Habitar tensiones presentes (conflictos, emociones, decisiones).
– Proyectar un futuro posible (expectativas, transformaciones).
– Ponerlo en acción, en relación con los otros y con el espacio.

El actor no debe preocuparse por la “historia completa”, sino por su rol vivo en escena. Brecht, aun cuando proponía un teatro didáctico, insistía en que el actor debía mostrar conductas, no relatos cerrados: “El actor no es un narrador, es un demostrador de actitudes humanas”.

Confianza: el arte colectivo

El teatro es un arte colectivo. Si el actor intenta ser narrador y director al mismo tiempo, se dispersa. Su energía debe concentrarse en hacer existir al personaje. El resto —la historia, la coherencia global, el arco emocional de la obra— pertenece al director y al tejido de la puesta en escena.

Por eso, la invitación es clara:
– Actores: confíen en su rol, en su personaje, en su trabajo sensible.
– Directores: asuman la responsabilidad de la historia, de la totalidad.

El público no necesita que el actor le “explique” la trama. Lo que necesita es sentir la vida que el actor pone en escena. Y desde ahí, la obra puede narrar, emocionar o simplemente transformar.

Por Georgina Palencia, Directora de Teatro Loft.