El teatro en español en Houston ha ido ganando espacio poco a poco los últimos años, y con ese crecimiento surge una necesidad urgente.
La de construir una comunidad crítica, capaz de elevar la calidad de las producciones y generar un diálogo profesional enriquecedor.
Aunque la crítica teatral suele asociarse con la prensa especializada, los artistas y creadores locales también pueden y deben participar de este ejercicio. Al crear un espacio para la crítica medianamente orientada entre los mismos hacedores de teatro, se abren puertas a un proceso de mejora continua que beneficia tanto a quienes están en el escenario como a quienes disfrutan desde las butacas.
Una crítica bien hecha no se trata de señalar errores o deficiencias, sino de proporcionar observaciones que puedan mejorar la obra, las interpretaciones o la puesta en escena. Esto no requiere ser un experto en crítica, pero sí demanda un enfoque que privilegie la comprensión del proceso teatral. Alguna vez leí del dramaturgo alemán Bertolt Brecht, “el arte no es un espejo para reflejar la realidad, sino un martillo para darle forma”. Bajo esta premisa, la crítica no debe ser una simple opinión subjetiva, sino una herramienta para moldear la calidad y los procesos creativos, y nosotros somos usuarios de ese martillo.
A mí no me gusta mucho el término crítica constructiva, pero en este contexto es acertadísimo porque hace referencia a un tipo de observación que no solo señala aspectos mejorables, sino que, sobre todo, construye una comunidad de interés compartido: la calidad del trabajo escénico. Este tipo de crítica no es débil ni complaciente; al contrario, es un ejercicio riguroso que se enfoca en cómo las aportaciones del crítico pueden ayudar al artista a mejorar su proceso. El objetivo final no es solo mejorar una obra en particular, sino elevar el nivel general de la producción teatral en la comunidad, fomentando un ciclo virtuoso de retroalimentación y evolución.
Una situación personal fue lo que me motivó a escribir este artículo. Hace unos meses, en marzo de 2024, estrenamos en Teatro Loft la obra Nuestra señora de las nubes, un montaje que generó expectativas dentro de la creciente comunidad de teatro en español en Houston, y por el cual recibimos positivos y estimulantes comentarios. Sin embargo, poco después del estreno, me topé con alguien que se identificaba como actor, pero que no paraba de lanzar críticas destructivas hacia la obra, usando expresiones negativas sin ninguna justificación o análisis.
Creo profundamente en la crítica teatral como instrumento de interpretación del público, soy promotora de la libertad de expresión como derecho democrático, y me considero una escucha atenta cuando de aprender y ser mejor se trata, no solo como profesional del teatro sino también como ser humano. Pero, en esa esquina del ring, me encontraba recibiendo puñetazos verbales, sin saber cómo responder a esas observaciones cargadas de epítetos malsonantes, y lo que es peor, sin saber qué utilidad darles.
Fue entonces cuando comprendí la necesidad de este artículo, y seguramente de otras acciones, que tengan el fin de promover una crítica teatral que sea analítica, útil y respetuosa, una crítica que realmente contribuya al crecimiento de la escena local y no se limite a la expresión de opiniones hirientes y vacías.
Para que la crítica cumpla este rol de construcción, es esencial evitar caer en el simplismo de expresiones como «me gusta» o «no me gusta». Este tipo de comentarios no aporta nada al creador, ya que se basan en una respuesta emocional subjetiva que no ofrece elementos concretos para la mejora. Una crítica que se centre únicamente en los gustos personales es estéril, pues no permite identificar aspectos objetivos del trabajo artístico que pueden potenciarse o corregirse. Yo no soy crítico profesional, pero siempre me ha animado ese espíritu de interpretación del proceso escénico y el diálogo abierto que se da entre creadores que debaten intelectualmente. Los críticos expertos tienen mucho que enseñarnos. En palabras del crítico de teatro estadounidense Jonathan Kalb, “La crítica que se limita al gusto personal es una crítica sin valor, porque desdibuja el rol esencial del crítico: ayudar a que el arte se vea a sí mismo con mayor claridad”.
Superar este tipo de crítica superficial implica un esfuerzo por parte de quien la emite. En lugar de centrarse en lo que le “gusta” o “no le gusta” a un espectador, el crítico debe preguntarse por qué. ¿Qué elementos de la obra generaron una reacción, positiva o negativa? ¿Cómo contribuyeron la dirección, el diseño escenográfico o la actuación al desarrollo de la narrativa? Esta búsqueda de razones concretas y específicas es lo que transforma una opinión subjetiva en una observación que puede enriquecer el trabajo de los artistas.
Una crítica enriquecedora se basa, además, en el respeto por el proceso. Todo artista sabe que una obra en escena es el resultado de múltiples capas de decisiones, ensayos, correcciones y ajustes. Por eso, es crucial que la crítica no se enfoque únicamente en lo que «no funciona», sino en lo que sí lo hace y cómo eso puede potenciarse. Un comentario sobre una elección actoral o una sugerencia sobre el ritmo de la obra puede hacer una gran diferencia si se realiza de manera específica y con conocimiento de causa.
Para los artistas que no tienen formación en crítica, una buena herramienta es guiarse por preguntas claras y estructuradas. ¿Qué impacto tuvo la actuación sobre ti como espectador? ¿Cómo se desarrolló la historia? ¿Qué te transmitió la escenografía o la música? Estas preguntas ayudan a descomponer la obra en sus partes fundamentales, ofreciendo una base sólida para aportar sugerencias sin perderse en generalidades. Hablar desde la respuesta a este tipo de preguntas, es lo mínimo que yo como directora esperaría de un comentario sobre una puesta.
Además, una crítica efectiva debe estar basada en observaciones concretas, no en suposiciones o juicios de valor. Al describir momentos específicos de la obra, quien comenta debería aporta claridad a sus observaciones, facilitando que el creador vea su trabajo desde otra perspectiva. Por ejemplo, en lugar de decir «la actuación fue floja», es más útil decir «en tal escena, la tensión parecía disminuir, ¿sería posible explorar más la urgencia del personaje en ese momento?».
En Houston, donde el teatro en español aún está en crecimiento, la construcción de un ambiente crítico entre hacedores puede ser una fuerza vital para el desarrollo de una escena teatral sólida y comprometida. A través del diálogo crítico, los artistas tenemos la oportunidad de retroalimentarnos, evolucionar y generar una comunidad que priorice la excelencia en cada aspecto del proceso creativo.
Para terminar, les invito entonces a ejercitar la crítica teatral, hecha desde el conocimiento y la empatía, porque solo así tiene el poder de transformar la producción teatral. Para quienes formamos parte del teatro en español en Houston, esta herramienta puede ser el impulso que haga crecer tanto la calidad como la cantidad de las producciones, abriendo caminos para que la escena siga floreciendo en la ciudad.
Ya sabes, la próxima vez que vayas al teatro, evita el simple me gustó o no me gustó. Este tipo de comentarios son aplausos inaudibles al actor o al director. Usa la palabra para contribuir con la construcción del teatro hispano de calidad en Houston.
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Por Georgina Palencia, Directora de Teatro Loft

